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El gran mito de las películas malas: por qué eso de “son tan malas que son buenas” no funciona

El cine lleva décadas utilizando la etiqueta “tan mala que es buena”, pero algunas películas de culto demuestran que la realidad es bastante más compleja.

El gran mito de las películas malas: por qué eso de “son tan malas que son buenas” no funciona.
El gran mito de las películas malas: por qué eso de “son tan malas que son buenas” no funciona.

Hay una frase que se repite constantemente cuando una película provoca risas, desconcierto o fascinación por sus errores: “es tan mala que es buena”. Sin embargo, esa expresión esconde una idea mucho más compleja sobre la forma en la que espectadores y críticos valoramos el cine. Como plantea Espinof, películas como The Room o Plan 9 from Outer Space difícilmente pueden reducirse a la categoría de simples producciones malas, porque su interés nace precisamente de todo aquello que las hace diferentes.

La cuestión empieza por algo tan sencillo como el gusto personal. Una película que para un espectador es extraordinaria puede resultar insoportable para otro, incluso cuando existe un consenso crítico sobre su calidad. El propio análisis pone ejemplos tan conocidos como El caballero oscuro, Avatar o Birdman, obras consideradas buenas por una parte importante de la crítica que, sin embargo, no tienen por qué funcionar para todos. El cine no puede reducirse a una única escala entre lo bueno y lo malo.

Cuando “mala” deja de significar simplemente mala

El problema de la famosa etiqueta aparece cuando todas las películas se colocan sobre una línea imaginaria que va desde el desastre absoluto hasta la obra maestra. El arte, y especialmente el cine, tiene demasiados matices para funcionar de esa manera. Incluso la consideración de grandes directores ha cambiado con el paso del tiempo: Alfred Hitchcock, por ejemplo, tardó años en recibir el reconocimiento crítico que hoy parece indiscutible. El gusto cinematográfico también cambia con las generaciones, la crítica y las herramientas con las que analizamos las películas.

The Room, de Tommy Wiseau, representa uno de los ejemplos más conocidos de esta relación extraña con el llamado cine malo. Su fama se disparó todavía más gracias a The Disaster Artist, la película dirigida y protagonizada por James Franco sobre el peculiar rodaje de la obra de Wiseau. Algo similar ocurre con Plan 9 from Outer Space, de Ed Wood, durante décadas considerada una de las peores películas de la historia. Ambas producciones han terminado adquiriendo una dimensión de culto que va mucho más allá de sus aparentes defectos.

El gran mito de las películas malas: por qué eso de “son tan malas que son buenas” no funciona.
El gran mito de las películas malas: por qué eso de “son tan malas que son buenas” no funciona.

Ahí aparece una diferencia fundamental. No es lo mismo reírse de una película porque está mal realizada que acercarse a ella intentando comprender por qué resulta tan singular. El cine de culto ha convertido determinadas imperfecciones en parte de su identidad y ha encontrado valor precisamente en propuestas que se alejan de las normas tradicionales. Reefer Madness, Manos: The Hands of Fate, Troll 2, Birdemic o Fateful Findings aparecen en este contexto como ejemplos de producciones difíciles de encajar dentro de los criterios convencionales.

El curioso caso de las películas que acabaron siendo reivindicadas

La historia del cine está llena de obras que fueron recibidas de una manera y terminaron siendo interpretadas de otra. Una película puede fracasar, ser ridiculizada o quedar apartada por la crítica y, con el paso de los años, encontrar un público dispuesto a reivindicarla. The Rocky Horror Picture Show es uno de los ejemplos más evidentes de esta transformación: lo que durante un tiempo podía ser considerado una rareza terminó convirtiéndose en una auténtica película de culto.

Los llamados Razzies también forman parte de esta discusión. Estos premios nacieron como una forma de señalar las producciones consideradas peores, pero la propia historia demuestra que la frontera entre una película despreciada y una película reivindicada puede ser sorprendentemente fina. Entre las películas que han recibido atención de los Razzies aparecen títulos que posteriormente fueron recuperados por espectadores y críticos, demostrando que las etiquetas cinematográficas no siempre sobreviven al paso del tiempo.

Por eso, quizá el verdadero problema no esté en disfrutar de una película considerada mala, sino en asumir automáticamente que hay que disculparse por hacerlo. Una obra puede ser excesiva, extraña, imperfecta o directamente desconcertante y, aun así, despertar interés por sus personajes, su puesta en escena, su historia o incluso por la manera en la que fue creada. La etiqueta “tan mala que es buena” puede quedarse demasiado corta para explicar por qué determinadas películas terminan formando parte de la cultura popular.

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